
El problema consistía en dividir la memoria, divorciar los recuerdos.
Quién guardaría los besos y quién la amargura.
[...]
Sintió profundamente que iba a olvidarlo. Que un día amanecería sin pensar demasiado en él y otro día, y otro, hasta transformarse en un recuerdo dulce, indoloro, como fotos de un viaje que se ha hecho: borrosos los lugares, confusas las imágenes. Pensó, un día te recordaré alegremente y entonces todo se habrá terminado.
[...]
Nadie habló de amor, ni tampoco de dolor de la pérdida, nadie dijo todavía te necesito, aunque lo pensaron los dos, aferrados cada uno a la distancia como si fuera aquélla la única forma de salvarse.
[...]
Cada uno entregado al esfuerzo inútil de no sentir nada.
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